Si bailar sana, en la noche del jueves el Palau Sant Jordi fue el mayor de los ambulatorios. Pese a su duración, más de dos horas y media, no se trató de un tratamiento de choque, sino más bien una sesión de suave movimiento que, lejano al paroxismo, condujo a la multitud a la suave cadencia de un bosque de posidonias. Nada de brusquedades, más bien la agitación propia del Martini de James Bond servida por una banda como las de antes, con instrumentos convencionales, un escenario como los de antes, con pantallas apaisadas y no verticales, sin coreografías y un artista al frente que hacía siete años que no giraba. Esta vez lo hacía abriendo un tour de retorno que solo tenía esta fecha en España, para la que ni ha necesitado disco nuevo, que anunció durante el concierto saldrá a comienzos del próximo año. Es lo que tiene haber protagonizado una irrupción fulgurante y haber quedado como representante casi único de la época, los noventa acid jazz. Jason “Jay” Kay mantiene viva la lama del funk y 17.000 personas llenaron el Sant Jordi para seguir la terapia de Jamiroquai, su proyecto.
